A ella,
a todos y cada uno de sus rostros,
a todas y cada una de sus manos,
a la diversidad de sus sonrisas
y, especialmente,
a su tímido e ingenuo deseo de existir.
a todos y cada uno de sus rostros,
a todas y cada una de sus manos,
a la diversidad de sus sonrisas
y, especialmente,
a su tímido e ingenuo deseo de existir.
La fidelidad perfecta esta reservada para esos juiciosos e insípidos seres que pueden observar a una criatura hermosa sin sentir deseos de tocarla.
Es argumento propio de espíritus que han dejado atrás las pasiones impetuosas y la fantasía. Tesis de inteligencias atrapadas en terrores místicos o disminuidas por infames jugadas genéticas, que tiemblan ante la sola idea de salirse de sus cauces y atraer sobre si alguna ira devastadora.
Seamos honestos, sólo el que tiene miedo es fiel. Sea de dios, del sida o de ser descubierto.
Y, con justicia, quien se deja vencer por sus temores se merece la monótona y descolorida vida (sin sobresaltos quizá, pero también sin emociones) a que su pavor ha de conducirlo.
La fidelidad es para los seres que temen las alturas y prefieren desplazarse cómodamente con la panza sobre la tierra. La infidelidad, en cambio, es para los temerarios, a veces un poco locos, que se lanzan a la vida desde los acantilados de su propia reflexión.
El fiel tendrá una cómoda casa de ladrillo (que ningún lobo podrá tumbar por más que sople con todas sus fuerzas) dentro de la cual revisará, una y otra vez, su única riqueza.
El infiel, en cambio, vivirá en la cara iluminada de la luna. Y, de acuerdo a su sensibilidad y su cultura, se nutrirá de cada una de las manos que lo toquen, y se hará cada vez más rico en sabiduría y generosidad.
Por supuesto, esta es la especie más elevada de infiel, pero no la única. También existe el infiel culposo, ese que vive prisionero de sus contradicciones y que oculta un cierto espanto de si mismo. El infiel que es, más bien, un trasgresor de su oculta vocación de fidelidad y que, como una rata de desagüe, va por el mundo mordisqueando con dientecillos sórdidos todo lo que sale al paso.
Ese es el tipo de infiel que ha desprestigiado el concepto. Y que en vez de nutrirse del mundo que lo rodea, mancilla su entorno al contaminarlo con su falsedad.
El infiel, debiera ser honesto.
Porque si nos atenemos al origen de término, descubriremos que la palabra fiel no alude para nada a la aburrida costumbre de no desear ni poseer a nadie más que al ser que amamos.
Fiel proviene del latín fidelis, que a su vez tiene su raíz en la palabra fides que significa fe.
Fidelidad es la fe conyugal, dice el diccionario.
Es decir, que refiere a la confianza absoluta que uno debe tener en el ser que ama.
No esta relacionado con el acto de desear (o no desear) a otros seres. Sí, con no mentir.
Entonces se podría ser infiel, pero ser fiel.
Es decir, desear a otro ser, pero no engañar al ser que amamos: Mantener intacta la fe conyugal.
Por supuesto, se me dirá que nadie que ame realmente soportará saber, a ciencia cierta, que su pareja se acuesta con otra persona. Especialmente el hombre, no soportara saber que su mujer hace el amor con otro y que, incluso, disfruta a gritos.
El infiel culposo, por ejemplo, casi siempre macho, aceptara sus infidelidades de manera natural, pero se escandalizará y podría llegar a sacar la pistola si se entera de las de su mujer.
Pero, ¿por qué es así?
Me pregunto ¿por qué uno acepta sin gestos de tragedia la infidelidad de otros seres que también ama -amigos, hermanos, padres, hijos, por ejemplo-, las celebra e incluso las envidia, pero no las de su pareja?
Supongo que tiene que ver con el sentido de propiedad que establecemos sobre ella. ¡Es nuestra!, anunciamos a todos. De forma exclusiva y excluyente. ¡Que nadie la toque! ¡Que no mire a otro o a otra!
Se trata de envejecer juntos acariciando únicamente nuestra mil veces recorrida piel.
¿Para que?
¿Para al final llegar a tener una descascarada y cómoda casita de ladrillos que ningún lobo querrá soplar?
¡No!, por supuesto, sino para proteger el amor que ambos se tienen, es decir, si ella no besa a otros, ni tiene sexo con otros, solo me amará a mí.
¿Y que tan sincero puede ser el amor que me tiene alguien a quien le he prohibido conocer a otros y compararme con ellos?
Claro, lo que ocurre es que fidelis viene de fides que significa fe.
Fidelidad es fe. La fe no necesita probarse. Es la razón por la que los que creen en algún dios no investigan lo que predican los demás dioses. Se debe creer sin cuestionar, sin dudar, y sin explorar.
¿Será que la fe exige ignorancia?
Si es así, la fidelidad es la negación de la sinceridad.
Una forma, la mas torpe quizá, de engañarse a si mismo y al ser que es objeto de nuestra fe. Si es así, entonces la fidelidad es lo que se mantiene siempre igual, lo inmutable, lo que no tiene cambios y que en consecuencia no evoluciona.
La infidelidad seria lo dinámico. El acto de rebeldía que nos pondría en contacto con el mundo y nos permitiría amar con sinceridad.
Te amo porque al explorar el mundo no encuentro a nadie que me haga sentir como me haces sentir tu, podrá decir el infiel.
¿Pero es posible establecer una relación de este tipo en un mundo donde las personas anuncian con gran aparato “su amor” y su pertenencia y en el que, en consecuencia, la infidelidad se considera un acto de la mas perversa traición que ha de resolverse a balazos?
¡No!
Sólo será posible si desde el inicio se aparta uno de los cauces establecidos.
El amor debe protegerse tanto como la desnudez o la defecación, porque, como ambas, nos obliga a mostrar, indefensas, nuestras superficies mas tibias y nuestras profundidades menos fragantes.
No debe ser un debate público en el que invitamos a todos a opinar o a un buffet en el que cualquiera pueda meter la mano.
El amor ha de ser un secreto de dos amigos.
La torre inaccesible desde la que ambos miraran el mundo protegidos y sonrientes, sin que nadie los vea.
Un culto subterráneo y perseguido del que solo dos serán cómplices y sacerdotes.
Solo así será posible ser infiel pero ser fiel.
Es argumento propio de espíritus que han dejado atrás las pasiones impetuosas y la fantasía. Tesis de inteligencias atrapadas en terrores místicos o disminuidas por infames jugadas genéticas, que tiemblan ante la sola idea de salirse de sus cauces y atraer sobre si alguna ira devastadora.
Seamos honestos, sólo el que tiene miedo es fiel. Sea de dios, del sida o de ser descubierto.
Y, con justicia, quien se deja vencer por sus temores se merece la monótona y descolorida vida (sin sobresaltos quizá, pero también sin emociones) a que su pavor ha de conducirlo.
La fidelidad es para los seres que temen las alturas y prefieren desplazarse cómodamente con la panza sobre la tierra. La infidelidad, en cambio, es para los temerarios, a veces un poco locos, que se lanzan a la vida desde los acantilados de su propia reflexión.
El fiel tendrá una cómoda casa de ladrillo (que ningún lobo podrá tumbar por más que sople con todas sus fuerzas) dentro de la cual revisará, una y otra vez, su única riqueza.
El infiel, en cambio, vivirá en la cara iluminada de la luna. Y, de acuerdo a su sensibilidad y su cultura, se nutrirá de cada una de las manos que lo toquen, y se hará cada vez más rico en sabiduría y generosidad.
Por supuesto, esta es la especie más elevada de infiel, pero no la única. También existe el infiel culposo, ese que vive prisionero de sus contradicciones y que oculta un cierto espanto de si mismo. El infiel que es, más bien, un trasgresor de su oculta vocación de fidelidad y que, como una rata de desagüe, va por el mundo mordisqueando con dientecillos sórdidos todo lo que sale al paso.
Ese es el tipo de infiel que ha desprestigiado el concepto. Y que en vez de nutrirse del mundo que lo rodea, mancilla su entorno al contaminarlo con su falsedad.
El infiel, debiera ser honesto.
Porque si nos atenemos al origen de término, descubriremos que la palabra fiel no alude para nada a la aburrida costumbre de no desear ni poseer a nadie más que al ser que amamos.
Fiel proviene del latín fidelis, que a su vez tiene su raíz en la palabra fides que significa fe.
Fidelidad es la fe conyugal, dice el diccionario.
Es decir, que refiere a la confianza absoluta que uno debe tener en el ser que ama.
No esta relacionado con el acto de desear (o no desear) a otros seres. Sí, con no mentir.
Entonces se podría ser infiel, pero ser fiel.
Es decir, desear a otro ser, pero no engañar al ser que amamos: Mantener intacta la fe conyugal.
Por supuesto, se me dirá que nadie que ame realmente soportará saber, a ciencia cierta, que su pareja se acuesta con otra persona. Especialmente el hombre, no soportara saber que su mujer hace el amor con otro y que, incluso, disfruta a gritos.
El infiel culposo, por ejemplo, casi siempre macho, aceptara sus infidelidades de manera natural, pero se escandalizará y podría llegar a sacar la pistola si se entera de las de su mujer.
Pero, ¿por qué es así?
Me pregunto ¿por qué uno acepta sin gestos de tragedia la infidelidad de otros seres que también ama -amigos, hermanos, padres, hijos, por ejemplo-, las celebra e incluso las envidia, pero no las de su pareja?
Supongo que tiene que ver con el sentido de propiedad que establecemos sobre ella. ¡Es nuestra!, anunciamos a todos. De forma exclusiva y excluyente. ¡Que nadie la toque! ¡Que no mire a otro o a otra!
Se trata de envejecer juntos acariciando únicamente nuestra mil veces recorrida piel.
¿Para que?
¿Para al final llegar a tener una descascarada y cómoda casita de ladrillos que ningún lobo querrá soplar?
¡No!, por supuesto, sino para proteger el amor que ambos se tienen, es decir, si ella no besa a otros, ni tiene sexo con otros, solo me amará a mí.
¿Y que tan sincero puede ser el amor que me tiene alguien a quien le he prohibido conocer a otros y compararme con ellos?
Claro, lo que ocurre es que fidelis viene de fides que significa fe.
Fidelidad es fe. La fe no necesita probarse. Es la razón por la que los que creen en algún dios no investigan lo que predican los demás dioses. Se debe creer sin cuestionar, sin dudar, y sin explorar.
¿Será que la fe exige ignorancia?
Si es así, la fidelidad es la negación de la sinceridad.
Una forma, la mas torpe quizá, de engañarse a si mismo y al ser que es objeto de nuestra fe. Si es así, entonces la fidelidad es lo que se mantiene siempre igual, lo inmutable, lo que no tiene cambios y que en consecuencia no evoluciona.
La infidelidad seria lo dinámico. El acto de rebeldía que nos pondría en contacto con el mundo y nos permitiría amar con sinceridad.
Te amo porque al explorar el mundo no encuentro a nadie que me haga sentir como me haces sentir tu, podrá decir el infiel.
¿Pero es posible establecer una relación de este tipo en un mundo donde las personas anuncian con gran aparato “su amor” y su pertenencia y en el que, en consecuencia, la infidelidad se considera un acto de la mas perversa traición que ha de resolverse a balazos?
¡No!
Sólo será posible si desde el inicio se aparta uno de los cauces establecidos.
El amor debe protegerse tanto como la desnudez o la defecación, porque, como ambas, nos obliga a mostrar, indefensas, nuestras superficies mas tibias y nuestras profundidades menos fragantes.
No debe ser un debate público en el que invitamos a todos a opinar o a un buffet en el que cualquiera pueda meter la mano.
El amor ha de ser un secreto de dos amigos.
La torre inaccesible desde la que ambos miraran el mundo protegidos y sonrientes, sin que nadie los vea.
Un culto subterráneo y perseguido del que solo dos serán cómplices y sacerdotes.
Solo así será posible ser infiel pero ser fiel.
Finalmente no voy a negar la utilidad de la fidelidad. Es importantísima cuando se debe hacer equipo para la supervivencia, para saber que los niños que nacen son nuestros y para darles ese ambiente de estabilidad y sosiego (llamado matrimonio) que necesitan.
La infidelidad, he de reconocerlo, no tiene ninguna utilidad. O quizá una. La de permitirnos abrazar muy fuerte al ser que amamos y decirle al oído, temblando de ternura: No hay nadie en el mundo como tú. Y ser intachablemente sinceros.
Carlos Chávez Toro.
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