domingo, 22 de agosto de 2010

Camuflaje

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Me teñí las canas.

Sé que podría hacer un precioso texto que lo justifique.
Hablar sobre la lozanía del alma
atrapada en una caparazón desteñida.
Engatusarlos con frases sobre el cuero
y como cada arañazo, cada decoloración, cada mancha,
le va agregando atractivo, textura, personalidad.

Pero los estaría engañando.
Las canas nunca serán hermosas: Son un síntoma de la decadencia del cuerpo.

Una alarma de nuestras células, que nos gritan que cualquier cosa que queramos hacer
debemos hacerla ¡ya!

La luz amarilla en la carretera de la vida:
Aprieta el acelerador
o quedarás atrapado en la parálisis del tráfico.

La primera apareció una mañana, mientras me afeitaba.
No me causó ningún sobresalto. Más bien la observé con curiosidad.
Y quizá por eso, aburrida de mi indiferencia, desapareció sin que me diera cuenta.

Años después, tuve una compañera dulce y cariñosa
que, después de hacer el amor,
me recorría la cabeza con una pinza, desyerbándome de esos cabellos blancos,
que me iban apareciendo tímidamente por aquí y por allá.

Yo soportaba con paciencia el procedimiento.
Porque me parecía que era un acto de amor, al que debía corresponde con silencio y sumisión,
y porque me adormecía feliz cuando sentía sus deditos recorriendo mi cabeza.
Pero a veces, no podía evitarlo y susurraba: ¡Au!
Entonces ella me llenaba de besos, de premio, por ser un gato valiente, decía.

Hicimos muchísimo el amor y asesinamos muchísimas canas.
Pero como somos humanos y locos: hasta lo más hermoso termina por asfixiarnos.
Y un día partió, ella y su pinza. Y supe, al mirarme al espejo, que las canas se tomarían su revancha.

Me resigné, imaginado que me saldrían una hebras plateadas en la sienes
y que, como los actores de cine, me vería más distinguido y más hermoso.

Pero, vengativas, las canas me salieron agrupada en unas motas, asimétricas y desordenadas, detrás de las orejas.
Y se convirtieron para mí en una tortura cuando pasaba frente a cualquier espejo.
No me molesta ser viejo, pero verme descuidado me saca de quicio.

Carolina, la jovencita graciosa que me corta el cabello, me ofreció su ayuda profesional.
Es rapidito. En 20 minutos lo emparejamos todo, me decía.

Dudaba.
Soy quien soy, pensaba. Los años pasan.
Debería intentar ser, el yo que era diez años atrás.
Ese yo... ya no soy yo.
¿O soy yo?
¡Plop!

Acabo de regresar de la peluquería.
Sin una sola cana (visible).

Y creo que es porque he querido camuflarme.
Usar un ingenuo disfraz para que la muerte no me encuentre tan pronto.
Para que la soledad no me reconozca como suyo y se vaya a querer apoderar de todas mis horas.
Para confundirme en el tumulto de los otros
sin ser mirado con desconfianza.

Es un poco chistoso:
He tenido que camuflarme de mi mismo
para poder seguir siendo yo.

Aunque quizá... he tenido que camuflarme de mi mismo
para dejar de ser yo.

¿Tú que crees?

chaveztoro

jueves, 12 de agosto de 2010

Violetas y jazmín

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Hice una cancioncita. Se las pongo.

Esta dedicada a los que estarán contigo en los malos tiempos.
Qué son los únicos que cuentan.


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