lunes, 30 de abril de 2007

Primer toque

Los labios están hechos para transmitir señales y deseos.




Son el primer test que le hacemos al otro -y por el que pasamos- para saber si existe esa chispa mágica que hace que una piel extraña nos sea más amada que la nuestra.

El beso nos narra-en apretado resumen-qué tanta pasión es capaz de sentir y puede transmitir su remitente. Qué tanta ternura y cuanta tibieza.

Pero en esto de besar hay lo vulgar y lo sublime.
Hay el beso sin gracia, sin pasión sin humedad.
Un beso que es una prolongación de la impersonal mano. Que sólo es como un "buenos días" o un "gracias", pero no informa de nada más.
Esos besos son un desperdicio.
No sirven para nada y en el mejor de los casos conducen a un amor gris, que...puede ser bueno como cualquier otro...si es lo que uno está busando.

Pero hay los otros. Esos que son el preámbulo de la primavera, la antesala del arco iris, el cuarto-creciente de las sensaciones.

Son los besos donde se pone la ternura y el fuego y que surgen cuando se ha encontrado a alguien que comparte nuestras mismas ansiedades y nuestros mismos miedos.

Es el beso que no se da con los labios cerrados, sino en el que se abre el universo de nuestro calor y las profundidades de nuestra entrega.

Es el beso que nada en fluídos de consistencia dulce.
Que se acompañan con mordiscos y suspiros. Que nos advierte que no se esta entregando los labios, sino los sueños. Y que nos invitan a la feliz furia de la entrega.

¿Va a besar hoy? Ya sabe a que atenerse.

chaveztoro

domingo, 29 de abril de 2007

Posesión

Un pequeño cuento.

***
Una gota de sudor bajó por su cuello y rodó entre sus senos. Quería gritar, quería llorar, quería morder. Sus dedos se clavaron en la cama y de su garganta brotó algo como un estertor.
***

- ¡Sal demonio! ¡Sal! ¡Este cuerpo es del señor!
El chamán con el rostro contraído y los ojos desorbitados, la roció con un líquido que tenía olor a bruma.

Yesenia siente el aroma que la hace estremecer un poco. La muchacha que se retuerce en la cama es su hermana. Su hermana la monjita, a la que todos tratan con cariño y respeto.

La niña la mira sin sorpresa. Recuerda el día en que volvió del Seminario para pasar las vacaciones. Llegó feliz. Con una pequeña mochila en las que traía una cruz dorada, cubierta de pedacitos de espejo, y una papel arrugado que ocultaba con mucho cuidado dentro de una biblia marrón.

Yesenia vió el papel por casualidad. Y supo, al ver los ojos de su hermana, que era una carta. De él.

Sin embargo, se calló.

***
Un mechón de cabello se le metió en la boca al agitar la cabeza. Era como si le faltara el aire y los pensamientos se le volvieran bolitas de colores. Gimió. Como si sintiera dolor. Y todos sus músculos se tensaron bajo la luz del mechero.
***

- Señor, protege a tu hija! Líbrala del demonio!
El hombre se agachó al lado de la cama y tomó una cadena que había hecho con cuentas rojas, pequeñas crucecitas y falanges de monitos ahuyadores sacrificados en luna llena. La meció sobre el cuerpo de la monjita, que ahora estaba inmóvil, tan joven y tan bonita, pensó, pobre, poseída por el demonio.
- Santa María, Madre de Dios...

Yesenia tiene trece años, tal vez por eso una mañana se encaramó al camarote y jaló la mochila para mirar la cruz (eso iba a decir si la descubrían). La biblia marrón cayó al suelo. Quedó abierta justo en la página en que estaba la carta arrugada. Miró a la puerta y escuchó, por si venía alguien, pero todo era silencio.

Abrió la carta. Bebita. Mi bebita linda. Te estoy esperando. Te voy a esperar siempre.

Sí, era de él.

***
Convulsionó. Los huesos le crujieron. Sintió dentro de su cuerpo algo como un animal salvaje de los bosques que se agitó furioso. Su cabello largo se desparramó sobre la almohada azul que un mechero iluminó desde una mesita.
***

- ¡Vete Satanás! ¡Esta alma es de Dios!
Agotado por los varios día de lucha, el chamán estaba ronco. Lo que, por suerte, le daba mayor autoridad a su voz. Miró a la monjita con inquietud. Sus conjuros no le proporcionaban alivio y ya los familiares de la muchacha lo miraban con rencor cuando le servían la comida.

Tal vez era hora de usar las pócimas fieras que heredó de su abuela, esas que hacían vomitar al demonio más testarudo, además de cualquier otra cosita que estuviera atorada en los conductos digestivos, como le decía a sus pacientes.

Yesenia recuerda que la siguió aquella tarde. Como por instinto lo hizo con sigilo, no quería que su hermana se molestara. Ella salió al monte con paso suave y después de unos minutos llegó a una cabaña solitaria. Ingresó. Yesenia pensó que visitaba a alguna anciana enferma y abandonada por todos.

Se quedó quieta unos minutos mientras caía el sol. Repentinamente, escuchó un ruido como de lucha y se asustó. Estuvo a punto de salir corriendo hacia su casa a advertir a sus hermanos de que algo malo pasaba en la cabaña. Pero se armó de valor y se acercó con cuidado.

***
Se asoma por la puerta entreabierta.
Los observa.
El mechero ilumina la almohada azul y su cabello.

La monjita convulsiona y sus huesos crujen otra vez. Agitada por la fiebre, tira la cabeza hacia atrás y contrae la pelvis. Luego levanta las piernas y las cruza en la espalda de él, atrapándolo contra ella. Bebita. Mi amor. Se besan como para borrar estos tres años de distancia.

Yesenia, asomada desde la puerta, piensa, es él. Y se va con pasitos delicados, mientras la noche se llena de sonidos y murmullos.
***

Durante muchos días no le contó nada a nadie. Qué parecido es el deliro del amor a la posesión diabólica, pensaba a veces, pero se callaba. Hasta la noche en que el chamán, por tercera vez, quizó darle ese bebedizo a su hermana, que ya estaba inconsciente y demacrada de tanto vomitar, y entonces se lo dijo a su madre, en una sola frase y sin respirar. Al día siguiente la casa estuvo tranquila y silenciosa.

Siete meses después el chamán fue llamado para atender el parto de la monjita y cortar el cordón umbilical.

Yesenia sigue escuchando en las noches como su hermana es poseída (la casa es tan chica, señor).

Escucha las risas, los llantos. Y, mientras se adormece acariciándose los muslos, sueña con su día. Porque ya descubrió que sólo un verdadero demonio puede poseer el alma y lanzarnos a ese mar de quejidos y lamentos que es el amor.

chaveztoro

Sobre la perseverancia y el cambio

Hoy volví después de tantos años y aún estaban allí. Como congelados en el tiempo. Los mismos. En el mismo sitio. Haciendo lo mismo.

Eran una fotografía del pasado. A la que este taxi despiadado me había conducido por error.

Primero me reconfortó su perseverancia. Dicen que la persistencia es una virtud.
¿Lo es?
¿Es bueno hacer un día tras otro y otro y otro las mismas cosas?
¿Saber qué calle hay luego de cada esquina, qué temperatura exacta después de cada beso, qué sabor, qué volumen, qué truco traerá la sonrisa?
Tal vez sí.

Ahora los observé con envidia. Persisitir es durar. Generar entorno, ser parte de él. Saber en qué mesa de qué bar encontrarás a los amigos y la posición exacta de los enemigos en el horizonte.

Dos de ellos se cruzaron y se palmotearon con afecto. Aliados: La chica de los cigarros y el señor de las gaseosas.

Y fue allí cuando me di cuenta que en realidad no eran los mismos. Que el tiempo es terriblemente cruel con la belleza. Casi vengativo. Y que aquella mujer de movimientos sensuales que antes me ofrecía sus productos como quien me podía entregar el universo, era ahora una gordezuela de gestos suaves y mecánicos que apenas murmuraba con dificultad "¿un Hamilton light, señor?"

Luego me miré a mí mismo. Por supuesto, nunca he sido bello. Pero hay un toque de milagro en la capacidad de caminar horas de horas sin cansarse o de esperar, con los ojos muy abiertos, el amanecer y salir luego despejado y feroz a conquistar el mundo. Hoy ya no me pasa. He de calcular las caminatas con precisión milimétrica y de conformarme con los atardeceres. He de revisar cada una de mis partes con cuidado antes de las batallas y de esforzarme para estar despierto mientras la vida ocurre.

El tiempo es un asesino.

No.

El tiempo, simplemente, es un cirujano haciendo una autopsia en cámara lenta. Descubriendo lo que somos en realidad. Y lo que no logramos ser.

Perseverancia.
No la tuve hijo.

Vagué de aquí para allá. Como un niño demente tras esa torta jugosa que es la siguiente oportunidad. Siempre un poco más lejos. Siempre un poco más cansado. Siempre un poco más solo.

Y hoy, no se si aconsejarte la dulce comodidad de las manos conocidas que han de cuidar por siempre tus vomitos de tedio o la emoción de un vientre, una y otra y otra vez lozano, que te ha de curar sólo por unos instantes de la soledad.

Si alguna vez decides por la persistencia y no por el cambio, hijo mío, no te quejes luego de que tu mundo parezca inalterable, enmohecido y un poquito subido de peso. Piensa que es lo que cultivaste y que, aunque no lo parezca, es tu premio.

Si alguna vez decides por el cambio y no por la persistencia, no te sorprendas luego si a tu alrededor no hallas nadie conocido, si los objetos no te traen recuerdos y si la gente que sientes más cercana te trata de usted. Piensa que es lo que cultivaste y que, aunque no lo parezca, es tu premio.

chaveztoro

¿La conspiración del Año nuevo?

Este año, contradiciendo la etiqueta y los buenos modales, decidí recibir el año nuevo solo, comiendo pizza frente a mi computadora.

Y así lo hice.

Y contra todos los pronósticos, no me sentí desamparado, suicida ni lorna.

Es más, empecé a creer que había logrado zafarme de esta bien organizada conspiración para ser felices a una hora exacta.

De esa multitudinaria convicción de que bastan unos cuantos cuetones para acabar con la mala fortuna del año anterior.

Del deseo de programar un momento para hacer un alto, al unísono, lamerse o mejor rociarse la heridas con cerveza y soñar que desde el minuto siguiente todo puede ser mejor.

Mientras comia mi pizza y buscaba en google: "quién inventó el año nuevo?", se fue tronando el interfecto y llegó su reemplazo.

Google arrojó 463,000 resultados para la consulta. Ninguno satisfactorio. La pizza manchó mi teclado. Y el ruido en la calle empezó a ser feroz.

Descubrí que si hubiera sido un solitario habitante de Tecnocthilan, habría celebrado el año nuevo 105 días antes y que en el Cusco de Pachacutec hubiera sido 30 días antes.

Cuando el ruido callejero fue superior al sonido de los parlantes de mi PC, me asomé a la ventana y alcancé a ver a la gente abrazandose. Había en ellos una esperanza, que me conmovió, de que lo peor había pasado y que desde este momento todo era posible.

Pero yo seguí firme en mi puesto.

En el transcurso de la noche del primer día del año, pase de sentirme un ser casi divino, capaz de alzarse por encima de las pequeñas festividades mortales, a observarme detenidamente en el espejo pensando que podía haber algo de funesto en mi rebelde actitud.

A eso de las 5 de la mañana, mientras terminaba de ver una buena película y ya no quedaba pizza que devorar, la felicidad de
la calle se había esfumado y sólo quedaban dos bandos de borrachos golpeándose tambaleantes, mientras ululaban las unidades del Serenazgo.

Es decir, el año recién estrenado prometía ser igual que el anterior... casi para todos.

Aunque (y no lo comenten, por favor), espero fervientemente, que sea mejor, para los que lo recibieron comiendo pizza.

chaveztoro

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