lunes, 2 de mayo de 2011

Un hombre que cazaba osos


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Una vez me llevaron a cazar un oso.

Tenía cinco o seis años de edad y esa mañana mi padre, con mirada penetrante, nos dijo a mi y a mis hermanos algo como:
"Con esta escopeta vamos a matar a ese oso".

Entonces, no sé por qué, un oso me pareció la encarnación de todo lo malo y todo lo terrible. Y observé a mi padre, y su escopeta, pensando con admiración:
"Este hombre va a matar un oso".

Recuerdo que en ese tiempo vivía en un tranquilo lugar rodeado por el desierto.
Entre mi casa y la playa, había tres kilómetros de cerros y pequeñas llanuras que a mi me parecían desoladas y misteriosas.

Salimos a recorrerlas.
Mi padre venía detrás, dándonos instrucciones:
"Atención. ¡Cuidado con el oso, ah! Hay que observar bien el camino para ver sus rastros y vigilar a nuestro alrededor".

Nosotros, muy atentos, íbamos escudriñando el suelo cuando, de pronto, descubrimos unas huellas como de perro, pero grandes.
"¡El oso!", dijo mi padre.

Nos hizo tirar al suelo y avanzar arrastrándonos hasta la entrada de una cueva.
"Hay que estar atentos. A ver tú, mira por este lado de la cueva y tú por el otro. Si ven algo avisan inmediatamente".

Nos pasamos el resto de la mañana tratando de encontrar y cazar al oso. Sin éxito. Sin embargo, igual regresamos a casa felices con un tesoro de piedras de colores y estrellas de mar, que él nos ayudo a juntar.

Mi padre ha muerto hace dos días. Y aunque las lágrimas me vienen a los ojos mientras escribo esto, quiero combatir esta tristeza recordando días cómo ese, en que me llevó a cazar un oso.

Aún no sé, exactamente, qué quiso que yo aprendiera aquella vez (ahora sé que no hay osos en ese lugar) .  Pero quiero creer que en realidad era una forma de entrenamiento.

Que lo que trataba de enseñarme es que hay que andar muy atento cuando uno sale a recorrer los desolados y misteriosos caminos de la vida.
Que, aunque uno no logre verlo, siempre hay por allí un oso malvado, esperando su oportunidad.
Que es importante observar los rastros... las señales... para que el mal no lo agarre a uno desprevenido.

Y que, de cuando en cuando, a pesar de todo el temor que eso pueda producirte, uno tiene que armarse de valor y salir a perseguir a su oso.
Acorralarlo y lograr que se meta en lo más profundo de su cueva y no salga de allí.

Gracias por la lección papá. Espero que estés bien. Y te prometo que seguiré cazando al oso.

chaveztoro

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