domingo, 20 de junio de 2010

¿De qué me sirvió que tú fueras mi padre?‏

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Siempre me ha sorprendido la ligereza con la que algunos hombres asumen sus tareas de padres.
Y muchas veces me he preguntado si estaré capacitado para serlo.

Si llegado el momento podré transferirle a mi hijo las nociones básicas de la valentía y la caballerosidad.
Y las sutiles diferencias que tienen con la bravuconería y la mansedumbre.

Si podré entrenarlo con éxito en el difícil arte de dar la cara en los momentos difíciles. Sin estropearlo todo.
Y adiestrarlo para que pueda extraer de lo profundo de su corazón
la ferocidad necesaria para manejar las fuerzas descontroladas del universo
y la bondad imprescindible para poder guiarlas con gentileza después.

Creo que es el padre quien debería enseñarnos a proteger a los débiles.
A ser amable y delicado con los desafortunados.
A defender lo que consideremos justo.

Y, por supuesto,
a cumplir nuestra palabra, aunque eso nos cause perjuicio,
y la responsabilidad irrenunciable que tenemos con los seres que decimos amar.

Creo que no todos debiéramos ser padres.
Algunos, como yo, deberíamos seguir tratando de adquirir ciertas virtudes.
Para no arriesgamos a que, en un domingo cómo éste de junio,
alguien, mirándose al espejo, se pregunte:
¿De qué me sirvió que tú fueras mi padre?
¿De qué?

chaveztoro

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